martes, 15 de junio de 2010

Miopes en la niebla

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La ideología única es una atmósfera enrarecida y pobre de oxígeno, aunque omnipresente, ávida de grietas y resquicios; una niebla densa que nos cierra el horizonte y nos mantiene dando vueltas entre las cuatro esquinas del corral mediático, incapaces de distinguir las realidades de las sombras, las voces de los ecos. Donde hay células grises, hay demanda prioritaria de certezas dadas y, a falta de mejores catecismos y ortodoxias, de ideología única, nuestro credo posmoderno. A veces, una bocanada fresca disipa un poco los vapores de nuestro cerebro y nos permite ver fugazmente una realidad más nítida, pero en seguida el Gran Hermano nos administra otra dosis de opiáceos políticamente correctos y volvemos a nuestra modorra habitual, llena de opiniones coincidentes y catarsis solidarias que nos enternecen y llenan de optimismo. ¡Ay, compadre, qué buena gente somos y cuánta razón tenemos!

En el terreno de la violencia doméstica -una de las múltiples celdillas del panal ideológico único- la nieblas han sido siempre especialmente densas y acortadoras de la visión. Desde hace muchos años, todas las políticas, medidas legislativas y partidas presupuestarias relacionadas con la violencia doméstica se han adoptado con criterios puramente ideológicos, alejados de cualquier comprobación empírica o científica. Por las buenas, se ha decidido que sólo existe la violencia masculina, y se han justificado los casos de violencia femenina como legítima defensa. Sobre ese principio gratuito se ha construido un complejo andamiaje preventivo y represivo, basado en el desconocimiento de la realidad y en falsos prejuicios, y cuyo efecto más visible (y previsible) ha sido el aumento de la violencia.[1] Para apuntalar "científicamente" ese andamiaje y, de paso, justificar su costo presupuestario, se perpetró en tres ocasiones (2000, 2002 y 2006) un verdadero tocomocho sociológico, por llamar de algún modo a la célebre macroencuesta sobre la violencia "contra las mujeres". Como ya es norma en tales casos, nuestros estamentos universitario, periodístico y político tuvieron una percepción unánime de la realidad, es decir, de la mitad exacta de la realidad visible desde su perspectiva ideológica. La otra mitad, la violencia contra los hombres, quedó oculta por los habituales jirones de niebla y olvido.

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